Mi enfermedad

Amor, te escribo esta carta que dejo junto a una rosa para decirte que acabo de llegar del médico y, tras la enésima prueba clínica, el resultado es el mismo. Nada. Por más que buscan en mi interior, ni el más sofisticado aparato de la medicina es capaz de encontrar remedio a mi dolencia. Cardiólogos, Urólogos, Endocrinos, etc. ya no sé a donde acudir. Sé de memoria el recital de dolencias que acarrean mi cuerpo pero los médicos sólo saben fruncir el ceño y aplazar su diagnóstico hasta que no tengan las pruebas en su poder. Incluso el pasado día, la enfermera que me atendió le dijo a escondidas a una compañera que yo era un loco que andaba de consulta en consulta buscando más la distracción que la cura de una enfermedad. Tan mal me sentí, que solté una lágrima en la soledad de aquella fría sala donde un imán de dimensiones increibles, recorría mi cuerpo escaneándolo de arriba a abajo en busca de aquello que me afligía. Sabedor del protocolo del hospital, cabizbajo, salí de la consulta con un pequeño papel donde me decían cuando debía acudir a recoger los resultados. Sabía tan de memoria lo que dictaba el texto del papel, que me lo guardé en el bolsillo deseando que aquella prueba fuese la definitiva. A la salida, me dispuse a entrar en nuestra iglesia para recogerme en la paz del lugar y buscar entre los silencios, los susurros del aire y el frescor de la bóvedas. Rezé, te lo confieso, porque después de todo yo también busco el perdón. Y cuando me iba a arrodillar, unas lágrimas cayeron de mis ojos y fueron a parar a las ancianas manos de una dulce señora que allí estaba, rezando, en un silencio perpetuo aunque bien diría qué con alguien hablaba vista su sonrisa. Fue al irme cuando la señora me cogió de la mano y me dijo -Sé bien cual es tu enfermedad. Yo la tuve. No me he recuperado, pero es sólo cuestión de tiempo que puedas sanar. Tranquilo.- Y me explicó todo. Por eso, maldigo a todos los médicos a los que acudí. Ninguno me supo dar el diagnóstico. Ella sí. Cuando volví a recoger los resultados, cogí la carpeta del mostrador y de camino a la salida del hospital me cruce que aquella enfermera que me tomaba por loco. Al pasar a mi lado la paré y le dije -¿se acuerda de mi?- y me respondió -claro, caballero. Usted viene ultimamente por aquí. ¿Cómo se encuentra?¿ya sabe cuál es su mal? La miré y entre lagrimales a punto de estallar le respondí a los ojos: -Sí, ya lo sé. Pero no me lo ha dicho ningún médico, ni ninguna máquina, ni siquiera su altivo desprecio hacía mi cuando se mofaba de mi presencia en este hospital deambulando de sala en sala. Lo hizo una anciana con la piel tan curtida que denota su larga estancia en esta vida y con unos ojos tan sinceros que hasta el mismo Herodes se enternece cuando la mira. No es enfermera ni una prestigiosa médica. Es sólo una pobre anciana que tiene el mismo achaque que yo- -¿Y que tienen ustedes que un médico no pueda curarles? – Se lo diré, señorita: simplemente una pena muy grande en un rincón del alma que me hace pensar cada día en ella, en la que me acompañaba a todas horas a todos sitios. Una persona que se fue de mi lado y que ansío volver a encontrar. Sea donde sea. Quizás usted no lo entienda. Por eso, usted será siempre una simple enfermera y además, mala persona.

Y ahora amor, me marcho ya para casa. Mañana volveré para hablarte de nuevo aunque tenga que sentarme en este frio marmol que está sobre ti. Lo haré hasta que nos volvamos a ver.

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Un comentario en “Mi enfermedad

  1. Hasta ahora nadie ha definido qué es el amor. Pero leyendo ” MI enfermedad”, vas introduciendote poco a poco en su significado, ya que en cada palabra, en cada línea, lo vas descubriendo, sintiendo, metiendote en él, hasta coger esa rosa y decir” Y ahora amor, me marcho ya para casa”. Mañana, volveré.

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