Un nuevo dueño

Aquella tarde de otoño, aquel año que yo marcaba en el calendario como el primer año en que tu y yo nos sentíamos ya novios, me llamaste al cristal de mi ventana con una de esas piedrecitas llanas que te regale del río. Como el reconocido picoteo de las gaviotas en la arena de la playa, supe que eras tu y en un instante me asomé a la ventana con una enamorada sonrisa y una flor en la mano que acababa de cortar del jardín de mi casa. -Baja- me dijiste. Y antes de que pronuciaras la segunda palabra, ya me encontraba junto a ti. Exhausto por la carrera, pero allí llegue para darte la flor en mano porque no podía permitir que un viento de otoño se llevara aquella flor que corté para la mujer que amaba. Mirarte es recordar cuantas puestas de sol habremos vivido juntos y cuantas acuarelas podría pintar sobre tu hermosura más virgen, sobre tus veredas, sobre tu selva. Cabizbaja me dijiste que fuésemos a un lugar apartado para hablar, porque no quería que nadie nos viera. Y yo, inocente, saltaba de alegría de pensar que a solas querías estar conmigo. Sin un mundo exterior que nos viese. Fue al llegar al rio cuando me dijiste algo que me heló más que el agua que surcaba bajo mis pies. Me dijiste que ya no me podías amar, pues tu amor tenía un nuevo dueño. Que entre nosotros se acercaba una sepultura de grandes silencios y que la ternura que había en nuestro idilio había cambiado de suerte. Ya no era dueño de su amor sino más bien un perdedor sin suerte. Despues de unos minutos en los que estuve tirando mis pensamientos más humanos al río, piedra a piedra, la miré en los claroscuros del bosque ya atardeciendo  y en esa locura irrenunciable de amor que sentía todavía sobre ella, le dije: -bien, si así lo quieres, que así sea. Pero antes has de prometerme que debes olvidar nuestros cinco secretos.

El primero que nunca le dirás a nadie cuando empezó lo nuestro. El segundo que jamás dirás cuanto de amor había entre nosotros. El tercero que nunca contarás como erán mis besos. El cuarto, que núnca explicarás a nadie como eran mis versos. Y el quinto, que jamás te mirarás en nuestro amor para irte con otro muy lejos. Ni aunque me muera te pido que cuentes estos cinco secretos.

Después de aquello, empezaste a llorar por aquellos luceros. Como las gotas de agua que chorrean por las secas hojas de otoño cuando llora un cielo plumboso de un otoño de terciopelo. Asi lloraste en aquel terreno. Despues de unos minutos me levanté para dejarte sola con el nuevo dueño de tus pensamientos. Y al decirte adios con la mirada más errante y honda que pueda tener un cuerpo, alzaste tu mano y me dijiste: -perdoname, ahora sé lo mucho que te quiero. No te vayas. No puedo olvidar tus cinco secretos porque hasta el día que me muera, a los cinco los llevaré hondos, muy hondos dentro de mi pecho

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