Desde que te vi

Sentado en aquel café esa tarde de primavera todavía asimilando el cambio de hora, te vi pasar entre suspiros de vencejos y una cascada de agua limpia proveniente de aquella fuente donde metiste la mano. Aquella tarde supe que me había enamorado. Aquella tarde del cambio horario; ese fue el día. Andabas sorteando los adoquines romos por el tiempo y allagados por las lluvias de los años. Parecías sobreponerte a la tarde pues llevabas un traje estampado de bellas flores y tu pelo suelto se acompasaba con tus movimientos tranquilos pero firmes. Yo, que hasta entonces me dedicaba a echar la mirada a la nada mientras mis dedos sotenían un lapíz esperando capturar alguna inspiración para escribir, no pude por más que fijar la mirada en ti. ¡Que podría decir si me había enamorado! Pero la gravedad me pesó tanto que no me pude levantar así que sólo observé como describías aquella calle adoquinada mientras te pasaba revista. Te quiero, te amo, eres mi… no sabía qué escribir. Si escribía ya no te podía seguir mirando. Si te miraba, no podía escribir. Y entonces fue cuando le di las gracias al obrero que puso aquel adoquin frente a mi hace más de medio siglo. No sé quien era pero se lo agradecí. Porque metiste tu fino tacón en ese bendito agujero y te caiste plácidamente delante mía sobre esa alfombra adoquinada. Y si yo ya me había enamorado no podía dejar de ir en tu ayuda. Así lo hice porque tú, al caerte, me miraste pidiendo súplica de socorro. Te senté junto a la fuente y mojé mi pañuelo en el agua de la fuente para colocártelo en tu tobillo de perlas engarzadas que unían el pie con el resto del cuerpo. Tu expresabas dolor por la caída. Yo amor por tu venida en esa tarde de primavera. Ya calmada, me agradeciste mi valentía y al preguntarme cómo podía pagármelo te dije que nos sentáramos en ese café del toldo verde y piedras caleteras mientras nos conocíamos. Recuerdo como accediste ruborizada porque te diste cuenta que tu vestido se había desgarrado en el caída. Pero antes de que buscaras la excusa para dejarme te presté mi chaqueta de cuadros ingleses que acababa de estrenar. Que mejor estreno. Nos sentamos y entre infusiones y pastas me volví a enamorar otras cien veces de ti. Me enamoré cuando moviste la cucharilla del té, cuando abriste el paquete de pastas, cuando te aproximaste la taza a tus labios…tantas veces que hasta perdía la cuenta.

Lo mejor es que hoy te vuelvo a ver pasear por esa misma calle y yo me vuelvo a enamorar. Hoy te volveré a decir te quiero aunque hayan pasado 30 años ya. Ya ves amor hoy quiero que te vuelvas a caer en ese mismo adoquín porque quiero volver a recogerte y, de nuevo, poderte besar diciéndote te quiero y que no te preocupes. Hoy te vuelvo a invitar. En el mismo café de toldos verdes. En la misa mesa. En el mismo día que te conocí. Primavera. Así te ví.

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