Mi eterno jardín

 

Esta tarde paseaba por mi jardín. Pensaba en el cansancio de mis ojos de mirarte tanto desde la lejanía. Al pasar por un jazmín pensé en ti. En un cielo de verano. Estrellado acabado en un horizonte de aguas claras. Un estanque que brilla. Lo hacía en un silencio de transparencias que sólo rompía la vena del agua que caía. Mientras me alejaba seguía el aroma tan fino de recuerdos que transmitías. Pero realmente me gustaba. Era esa soledad misteriosa que la noche y los astros me daban. Aquella noche vi cuatro estanques. Y fueron cuatro estanques de recuerdos. Me arrastraba tanto la vida que mis llantos y gemidos se elevaban ya sin gravedad hasta mojar los pies de los ángeles. Ya viejo, me acompaña la ausencia perpetua. Que recuerdos. ¿Por qué no habré encontrado un lugar en el mundo donde no escuchar tu eco? No es tormento, ni un espanto pero sí he de decirte que aún paseando, voy temblando. Porque ya mi anhelo se va esfumando. Jamás tu carne en la noche, será un alba de llantos. Aprendí a secar mis lágrimas a la luz de la luna. Y entre la angustia de la espera noté bajo aquel parral el aroma de tus manos de seda. Paseo por mi jardín, entre calle de recuerdos. Nadie conoce este secreto de que yo por allí era un hombre enamorado. Al final de este carril, existe un árbol dormido y silencioso. No está perdido. Murió de soledad en aquel otoño tan umbroso. Allí te dediqué algunos versos, de flores y amores. Tú allí sentada entre laureles. ¿Te acuerdas? Fue nuestro jardín de noche. Corrimos después entre rosas y luceros. Subimos al cielo. ¡Que recuerdos! Pero al final todo se esfumó como un fino velo. Esta tarde paseaba por mi jardín y me llevaré nuestro secreto. Cuando la muerte abrace en breve mi cuerpo.

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La estrecha calle

No sé por qué lo hice pero nada malo debe ser si desde entonces te echo de menos. Es cierto, te amo desde aquel día que te ví cruzar esa estrecha calle y cruzaste la mirada con un debil hombre que andaba. Era yo, ¿te acuerdas? El mismo que te dijo entre murmullos que recogieras esa triste alma errante que contigó se cruzó. Amanece. ¿Donde estarás? Entre algodones de seda te recuerdo. Cuantos suspiros para que amanezca un día más. Y aquí ando tras la ventana, entre versos de soledad que piden clemencia por verte un minuto más. Vil calle maldita que no me deja meditar. Que noches tan largas sin saber de ti. Ayer le hablé de ti a mi soledad y no me habló. Quizás enmudeció al saber que tu y yo olemos la misma flor. Sólo pido verte una vez más. Sin verte seré ese alma errante entre piedras, timorato de perder la aurora de la gloria, el olvido de mis palabras de amor. Te vi como un alba pura, como el beso de Dios en la Tierra. Eras la luz sobre el agua tranquila, una mirada que me iluminó cuando yo creía que todo sonaba al eco de mi muerte. Hoy llueve ahí fuera y las aguas se estancan entre llagas de adoquines perfumados por tus pisadas. Marcaría el rumbo de esas aguas hacía ti pero…¿dónde estás? ¿por qué no te atreves a verme más? Porque aunque sea una tristeza pura, lejos de ser humana, sólo necesito notar que cruzas la calle. Y lo harás apoyada por palabras de ángeles. Por olores perfumados de ese arrante enamorado escondido y fugitivo que guarda en su memoria el brillo de esos ojos que le miraron un instante. Suficiente pero profundo. Un latido fue capaz de animar este corazón oscuro que atravesaba mi ser. Soy ese lirio, ese jardín enamorado que necesita de luz. De tu luz. Amor,  la fuerza que nos une suplica ser más que un simple amor. EL amor que llama a tu puerta quiere ser un delirio, un éxtasis y hasta un grito. Tu ausencia me vence y mis venas claman angustía de, quizás, no poder verte. Tengo un alma lastimada. Si pudiera notarte al menos… No quiero que mi sueño desemboque en un llanto febril y un simple recuerdo. Ayer, mientras atardecía tras mi ventana, vi que todas las luces de la calle te dibujaban. La arteria más callejera es capaz de dibujarte. Hablas por el viento y encantas con tu silencio. Pero anochece y mis lágrimas ya permiten que la noche oscurezca mi esperanza. ¿Y quién tocará la seda de mis labios? ¿Por qué no vendrás? Hoy volverá el fantasma de mis sueños negándome verte cruzar. Las cortinas de mi alcoba cubrirán mi deseo y las flores que puse en la ventana quedarán sin perfume. Sólo quiero beber tu sombra. Entiéndelo. Quiero apurar mi vida y que tiemblen tus ojos cuando estén junto a mis mejillas. Cabizbajo me acuesto aunque por un instante me surge un paz. Oigo pasos en la calle. Es medianoche y tras la ventana te veo. ¡Eras tú mirando hacía arriba! Esto era antes mi callejón de la muerte y ahora es el callejón de la vida. Por fin encuentro mi deseo más humano. Ya descanso.