Escúchame

Lo intenté pero no me dejabas. Quise decírtelo pero no me atendías mientras te miraba. Acababa como todos los días tras un cristal comido de gotas de invierno. Eran mis lágrimas de lamento. Mis aullidos de auxilio. Era yo mismo. Te veía a diario y jamás te fijaste que quería socorrerte. Tu vida corría peligro y la mía se apagaba como ese cirio que le salpica el rocío del alba. No lo veías. Pero yo sí. Te gritaba tanto que te amaba que llegué a la conclusión de que no lo hice tan fuerte como debía. Quise que rompieras la crisálida de la vida. Que te consumieras volando de flor en flor. Aunque sólo fuese por verte volar unas horas sobre el mundo de la vida, yo daría mi propia vida de poeta aprendiz de palabras bellas. Pero eres tan bella que no me resignaba a dejar de existir sin verte despertar de tu ignorancia ante lo que te grito. Así es, te quiero. Por eso me levantaba a díario esperando el milagro de que tus oídos me escuchasen. Puedo no ser tu hombre. Amo el silencio, el sosiego y la lentitud del día. Es cierto. Pero no dejaré de gritarte que la vida es un fotograma cuya velocidad pone uno mismo. No quiero que mi película se desperdicie en negro sino que tú le des color. No permitiré llegar a viejo sabiendo que puede hacer algo más. Sí, sé escribir palabras como amor, vida, felicidad pero ninguna brotará a la luz si no se riega en el surco dificil del día a día. Quizás llegue a la recta final de mi vida sin dar significado a estas palabras pero, al final, seguro que algo me escucharás. Esperaré el día. Te lo aseguro. Aunque mis lágrimas terminen haciendo surcos en el cristal. Mi vida ya octogenaria se acaba -al menos así dice el médico- pero aún tengo la esperanza de que me oigas aunque mis palabras no sean para tí más que palabras.

Los días de mi vida

Hoy volví a levantarme como cada mañana. Lo hice por ese rayo de luz que entra por la ventada de mi habitación. Pequeña, fría, desosegada. Si no fuese por ese rayo todavía estaría acostado pensando en la vida. En esa carrera de fondo que me lleva al insomnio, al escalofrio más ártico cuando pienso que los días caen del almanaque y que los años pasan y pasan. Y yo aún no sé porqué estoy aquí. Mil sueños, cientos de aficiones, decenas de deseos imperiosos. Pero nada llega. Aún así me llega el recuerdo de mi madre cuando me decía antes de ir al colegio que tras los días tristes llegan otros de felicidad. Me quería tanto que me previno de mi enfermedad. Enfermo de amor. Amor a la vida que se me va entre los dedos sin decirle que la quiero. Con esfuerzo salgo a la calle para pasear y palpar la vida en su forma tridimensional pero no llego a enterder como no me corresponde. Mis sueños se desnudan para que la vida los haga realidad. Y yo me veo desnudo ante la vida. Yo, el hombre más vergonzoso de la Tierra, me desnudo cada día para probar suerte. Pero no llega el momento. Y a veces me arrincono entre lágrimas pensando en mi madre que ya agradeció su paso por la vida. Rezo a algo, a alguién. No sé pero rezo. Quizás imploro un poco de suerte en la vida. Un beso, un suspiro, una luz pura. No quiero morir sin cruzarme con la vida por la calle y echarle un piropo. El mejor que puede darse a una mujer: te quiero aunque te acabo de conocer. Hoy, antes de la medianoche, volveré a acostarme para olvidarla por un rato. Un día más caído del arbol de la vida y yo un día más cerca de dejarla definitivamente