Sin explicación

No me diste una explicación pero decidí pedírtela desde aquella mañana que te fuiste; para que seguir. Que joven era entonces. No me la dejaste ni siquiera en un soplo de aliento, en un sí quiero. Te fuiste así, sin una explicación. Por eso, sigo en mi alcoba. Antes llena de luz, ahora emborrachada de tristes recuerdos de dos almas que no debían explicarse nada porque la noche los amansaba y el día los alegraba. Y miro a esa antigua Luna y le pregunto por ti. Ella aún sigue buscándote, aún sigue pidiendo una explicación. Te fuiste fría, sin divertirme un último día, sin más aviso que el férreo cierre de una puerta dejando caer sobre el templado suelo esa rosa que te llevé el día anterior. Roja como el alba que anuncia la llegada del Lorenzo, fresca como la mañana que cada día me regalabas y perfumada como tu cuerpo cada vez que dejabas el lecho. Ya no es rosa roja perfumada. Es otro ser que pregunta por qué te fuiste. No lo explicaste. Por eso nos dolió. Callo porque no hallo tu explicación. Me escondo para buscar en tus rincones donde envolvimos nuestro amor en un solo beso. Pero no te veo. No tardes en volver pues mis setenta primaveras han pasado tras tu vidriera estañada que un día te regalé. Si me ves, aquí tienes mi blanco cabello, hijo de ese pelo oscuro que acariciabas en tu juventud. Vuelve. Ya ni siquiera quiero tu explicación. Pero vuelve. Ya sólo quiero divorciarme de esta soledad junto a ese lecho que calentabas junto a mi. Antes de que muera, antes de perderte definitivamente sin saber por qué un día te fuiste sin darme una explicación, dame un hilo de esperanza. No finjas crudeza conmigo. Soy yo, el que te ama aún sin pedirte una explicación.

(“Carta a María”)

Anuncios

Volver a verte

Recordaba como aquella vez te fuiste sin más. No pude, tan siquiera, volver a soñar con aquellos abrazos de terciopelo que tus manos me hacían. No debí quedarme allí sin más. Debería habértelo pedido. Y desde aquel día, cada alba, espero tu regresar. Te diría tantas cosas en vez de amar, que llevo una vida haciendo la relación prelada para después decirte que no más amaneceres sin ti quiero estar. A través del humeante té que me bebía en la terraza, dibujaba tu holograma viniendo hacía mí. Sólo sonreías, no parecías enfadada. Y tumbado en la cama, aún pensando en porqué te fuiste, abría mis brazos crucificado de pena buscando algún recuerdo tuyo en aquellos centímetros cuadrados de un lecho angustiado de soledad. La ventana abierta con un visillo por vela y un viento salino que entraba por estribor, ese capitán herido, yo, pensaba en tirarse por aquella borda para acabar ya con todo. Una luz de luna llena inundaba mi estancia donde aquella taza de té había dejado de dibujar tu figura. Estaba frío. Igual que el día que dejé de verte. Bendita la tierra que ahora besa tus pies. Me apoyé en el quicio de la ventana con un lápiz roído de amor y un trozo de papel arrugado, sucio, bombardeado de lágrimas secas y lleno de tachones donde escribiría que te diría si volviera a verte. Pero no podía, tantas cosas y tantas culpas que no sabía que esbozar. Logré apoyar el papel en el pretil de la ventana para trazar, al menos, tu nombre. Inicié la aproximación temblorosa de mi mano. Cuanto respeto te tenía que ni con un mísero lápiz podía. Y en aquella noche que volvería a escribir, sonó el teléfono que me regalaste y que yo escondía para no ver ese objeto que una vez tocaste. Fui hacía el para decirle contra la pared que me dejara en paz, que no volviera a sonar. Y cuando lo descolgué, una voz me dijo: -¿Qué tal? ¿Cómo estás? Eras tú. Y yo, después de aquello, sólo pensé en no hablar y dejar que me dijeras hacía donde navegar.

(“Carta a Marina”)

El tiempo humano

Tras varios días donde las noticias originales abundan por su ausencia, nos bombardean sobre los efectos del cambio de hora que llega esta próxima madrugada. Estoy seguro de que el efecto que tendremos será simplemente dormir una hora más o despertarnos una hora antes; el resto son ganas de rellenar líneas vacuas de informativos. A veces, de todas estas boberías emergen bellos textos como este poema de Francisco de Césari en su alegato al sol como fuente de alegría y belleza sobre todas las cosas.

Yo te agradezco siempre Sol
Tu buena intención
Quieres ser una alegría
Pero hoy te echan. Ellos malditos son.
No abriré mañana mi ventana
No quiero que me veas triste
Tardarás en llegar
Lo sé, pero tengo mi pena.
No te sonreiré oscura maldad
Porque si lo hago tendrás compás
Vete cuanto antes oscuridad
Que quiero Sol para mi eternidad.
(FdC)

El Otoño

Pasado el verano, la llegada del otoño es un momento de reflexión del año que se aproxima a su fin. Como ese Sol que suspiramos mientras desaparece y que musitamos entre dientes que ojala mañana aparezca con la misma belleza con la que hoy le hemos dicho hasta luego, en estos días de lluvía donde la capa de la noche cae sobre nosotros con mayor prontitud y firmeza, debemos mirar hacía atrás no para recalcular las cosas materiales que hemos conseguido sino, más bien, para oir nuestro interior y comprobar si seguimos amando, si seguimos siendo amado y si seguimos con un motivo para vivir.

Pocas cosas necesita un poeta para vivir pero una de ellas es fundamental: tener paz.

En esto estaría Luis Cernuda cuando nos dijo:

Ir de nuevo al jardín cerrado

que tras los arcos de la tapia,

entre magnólios, limoneros

guarda el encanto de las aguas