Un calentito, por favor

Halleme yo mesmo esta mañana por la collación de Sevilla, concretamente a la salida de la calle llamada de La Sierpe pues por motivos de economía había quedado en el corral de don Filiberto para comprarle un pollino de fuertes patas y lomo raso, cuando a la altura del teatro Cervantes (fue donde observe por primera vez el pasado año las piernas de aquellas mujeres que entoldaban sus faldas sobre el escenario. Parecen que se llaman cabareté) vi con más gracia que salero y con más hechura que El Gallo a un señor serio y callao pero con menos pelo que mi tío er Canicas dándose un do de pecho de eso que ahora llaman los forasteros, “churros” aunque aquí en Sevilla y hasta la Cruz del Campo yo aprendiere que su nombre real es el de “calentitos”. Supongo que será por el estado de malaje con que el churrero te da el trozo de masa.
Pues aunque fuere este caso un hecho tonto de esta ciudad realmente porque desde que mi padre me trajo siendo niño a lomos de la burra de mi abuelo yo siempre viere estas situaciones en la gente acaudalada, hoy era todo diferente y eso hizo que mi mente diese pausa a mi cuerpo para que frenare en seco. Hacía caló, si señor, y algunos caballos ya habían sembrado de abono el adoquín tosco del suelo entremezclándose con algunas hojas de coliflor que supongo algún mozo joven perdió o despachó cuando llevaba el mandao a sus clientes. En definitiva, pensé, todo una abono para que de allí los cartujos de la Virgen de la Redención sacaran partido para algún que otro caldo caliente de invierno; de esos que reparten a los menesterosos cuando pasan por la puerta del monasterio más allá del arrabal de Triana al otro lado del río.
Pues verán ustedes. El gachó se estaba comiendo lo calentitos con ¡cuchillo y tenedor! Que locura, pensé. Que educación, aseveré. No hay nada más para aprender modales que ver a los extranjeros de tierras lejanas cuando vienen a sentarse a esta ciudad. Hubiere querido yo hacerme un retrato con el gachó y su cuchillo y tenedor ensartando un caliente pero me daba a mi la espina que no querría. Y no sería porque no estuviera yo de buen ver pues mi Jacinta me había preparado mi mejor camisa y mi más elegante faja donde alojé mi faca de nacar blanco que un tío de mi padre le trajo de tierras moras, sino más bien por miedo a que me clavara en un ojo el cuchillo cuando me destornillara de la risa al verme tan cerca del calentito ensartado. Por Dios, ¡que desfachatez, venir a Sevilla a comer calentitos y lo hace como si pescara un pez!

En fin, se lo diré a mi Jacinta para que me saque de este extravío de conocimiento culinario de hoy aunque, diga lo que me diga, yo le diré como el Buscón de Quevedo “Yo señor, soy de Sevilla…”

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