Las formas en los alcaldables de España

Todos tenemos claro que las formas en esta vida hay que guardarlas. Y dejémonos de zarandajas pensando que esta cuestión es propia de siglos pasados. Las formas, al igual que la educación, son primordiales no sólo para asistir a un coctel de bienvenida en la embajada, para sentarse a la mesa o, inclusive, para estornudar en público. Y esto, es decir, las formas, es lo que no he visto en nuestros nuevos alcaldables de España.
La representación de un pueblo o una ciudad no es algo baladí. No se trata de editar una película de Berlanga donde el alcalde trate de forma caciquil a sus convecinos, que los machaque a impuestos o que se pasee con su vehículo oficial mientras lo llevan a hacerse la manicura. Se trata de que “además de parecerlo, hay que serlo”. Veo con asombro como muchos de los nuevos alcaldes en sus tomas de posesión dibujan su cuerpo con camisas cubanas, camisetas de rastro o zapatillas que bien pudieran servir para mariscar. Y veo con preocupación como el acto de empuñar el simbólico bastón de mando se hace como cuál obrero industrial inglés de principios del siglo XIX acaba de vengarse de los ricos patronos que lo habían despreciado durante años. No, definitivamente, esta no es la forma. Del programa político me podrán o no convencer, pero de las formas jamás. Las formas ante un acto de esta relevancia no implica la “degradación” al sometimiento de la casta (ruego a todos me definan de una puñetera vez cual es el significado de esta palabra) sino la del respeto a una ciudad con cientos de años de vida, de historia y de orgullo para los que allí viven. Si ponerse una chaqueta y una corbata implica pertenecer a los “de siempre”, apaga y vámonos. No es cuestión de “casta” ni de “izquierda” ni de “derechas”. Es cuestión de la educación de un país que no sabe distinguir entre ser y estar.
Una ciudad no se gobierna desde la orilla de la playa tomándose un tinto de verano y unos filetes empanados ni tampoco sentado bajo una encina esperando a que el Lorenzo decida apagarse mientras se le pasa su cabreo diario. Como tampoco se gobierna desde un coche oficial sin bajar a la calle escuchando, analizando y solucionando los problemas de los vecinos. En el término medio está, seguro, la solución. Y este término medio no es incompatible con las formas. Las mismas que tenemos cuando al asistir a una boda nos acicalamos no tanto para nuestra higiene personal sino como señal de agrado y respeto a los novios.

Espero, por tanto, que esta imagen no se extienda a llevar gargajillos y chándal en las recepciones oficiales porque algo como las formas (que no cuestan dinero) se habrán perdido en esta piel de toro peninsular. De momento, nos queda poco para perderlas totalmente. Esperemos remontar.
Que aprendan muchos de las letras de Augusto Ferrán:
“¡Ay pobre de mi, que a fuerza
de pensar en mis vecinos,
me he salido de mi casa
olvidándome de mi mismo!”

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2 comentarios en “Las formas en los alcaldables de España

  1. No se puede decir mas con menos palabras. Pero, esto se esperaba. El votante no es consciente de lo que ha votado. Y la prueba la tienes en el elegido alcalde de Cádiz. La elegancia que va unida a la educación han desaparecido.

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  2. Quiero creer que será una moda que durará por desgracia lo suyo pero que está condenada a perder, porque a nadie le gusta que lo trate un maleducado. Buen artículo.

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