Grecia, cuna de la civilización

Me parece un tormento comprobrar como la cuna de la civilización, osease, Grecia, no termina de despegar de la profunda crisis mundial. Da pena ver como un país que guarda toda una historia y que debería con sus monumentos hacernos ver de donde venimos, es noticia únicamente por sus deudas con los paises del mundo e incluso con sus propios ciudadanos. Grecia, esa civilización donde nació todo el pensamiento actual necesita todas las manos posibles y, también, la colaboración de todas las partes pues Europa no puede dejar de lado a la nación que nos acunó el pensamiento Occidental actual. Responsabilidad y compromiso. Esa eran las fórmulas con las que paseaban los intelectuales griegos por el Partenón. Al mismo tiempo, Grecia necesita a Europa. Europa es el fruto intelectual griego. Y una madre nunca abandona a un hijo al igual que un hijo jamás puede renegar de su madre.

Ya lo dijo el poeta Augusto Ferrán

Tú me miras, yo te miro
y así los dos nos miramos
tú me preguntas quién soy…
yo sigo mirando…y callo

PD: no sigamos mirándonos para callarnos

Anuncios

La edad temprana de Sevilla

Sevilla es al comienzo de la mañana, más Sevilla. Más aún si cabe al pensar que la luz de la ciudad inunda los claroscuros de los rincones de esta Bahía de la Sierra andaluza. A Sevilla, como a los hijos cuando empiezan a andar, hay que conocerla en la soledad, sin la algarabía de las calles y el sonido de los vehículos.
Sevilla debe recorrerse con la mañana limpia, cogiendo a traspiés a los vencejos y golondrinas del Salvador antes de que se levanten. Sevilla debe recorrerse cuando los servicios nocturnos de limpieza han finalizado y el bostezo de los conductores indica que la ciudad ha quedado pulcra para que seamos los primeros en pisarla en ese día.
Conocer Sevilla pudiendo mirar hacía arriba ¡sí señor! Hacía arriba divisando las balconadas, las yeserías, sus torres mozárabes, sus flores colgando de Santa Cruz… Tantas y tantas cosas que nos perdemos cuando la ciudad es asediada por el ir y venir de las gentes que nos obliga a mirar hacía delante como borregos para ir a nuestro destino sin chocar con nadie. Inclusive con aquellos que andan como los murciélagos mirando hacía el teléfono movil para, seguro, comprobar alguna estupidez que puede esperar.
Si el sevillano conociera su ciudad, si el sevillano mirara a su entorno de luz, si el sevillano aprendiera a dar besos a cada rincón por el que anduviera, si el sevillano conociera la historia que le rodea, don Antonio Machado no hubiese escrito aquellos versos que decían “¡Oh! maravilla, Sevilla sin sevillanos”.

Yo, desde luego, me acuerdo de Luis Cernuda cuando aprendo de mi ciudad.

Aquel rincón tan claro cuando el Sol lo alumbraba
Ahora es silencio y sombra, y el aire, más profundo,
Negra corola inclina con un polen de oro
Bajo el soplo nocturno que refresca el estío.
Blancura de jazmines, de nardos, de magnolias,
Aroma da a los patios, mientras la voz del agua
Clara, desde los mármoles, a través de las rejas,
Acompaña el coloquio de los enamorados.
(L.C.)

Las formas en los alcaldables de España

Todos tenemos claro que las formas en esta vida hay que guardarlas. Y dejémonos de zarandajas pensando que esta cuestión es propia de siglos pasados. Las formas, al igual que la educación, son primordiales no sólo para asistir a un coctel de bienvenida en la embajada, para sentarse a la mesa o, inclusive, para estornudar en público. Y esto, es decir, las formas, es lo que no he visto en nuestros nuevos alcaldables de España.
La representación de un pueblo o una ciudad no es algo baladí. No se trata de editar una película de Berlanga donde el alcalde trate de forma caciquil a sus convecinos, que los machaque a impuestos o que se pasee con su vehículo oficial mientras lo llevan a hacerse la manicura. Se trata de que “además de parecerlo, hay que serlo”. Veo con asombro como muchos de los nuevos alcaldes en sus tomas de posesión dibujan su cuerpo con camisas cubanas, camisetas de rastro o zapatillas que bien pudieran servir para mariscar. Y veo con preocupación como el acto de empuñar el simbólico bastón de mando se hace como cuál obrero industrial inglés de principios del siglo XIX acaba de vengarse de los ricos patronos que lo habían despreciado durante años. No, definitivamente, esta no es la forma. Del programa político me podrán o no convencer, pero de las formas jamás. Las formas ante un acto de esta relevancia no implica la “degradación” al sometimiento de la casta (ruego a todos me definan de una puñetera vez cual es el significado de esta palabra) sino la del respeto a una ciudad con cientos de años de vida, de historia y de orgullo para los que allí viven. Si ponerse una chaqueta y una corbata implica pertenecer a los “de siempre”, apaga y vámonos. No es cuestión de “casta” ni de “izquierda” ni de “derechas”. Es cuestión de la educación de un país que no sabe distinguir entre ser y estar.
Una ciudad no se gobierna desde la orilla de la playa tomándose un tinto de verano y unos filetes empanados ni tampoco sentado bajo una encina esperando a que el Lorenzo decida apagarse mientras se le pasa su cabreo diario. Como tampoco se gobierna desde un coche oficial sin bajar a la calle escuchando, analizando y solucionando los problemas de los vecinos. En el término medio está, seguro, la solución. Y este término medio no es incompatible con las formas. Las mismas que tenemos cuando al asistir a una boda nos acicalamos no tanto para nuestra higiene personal sino como señal de agrado y respeto a los novios.

Espero, por tanto, que esta imagen no se extienda a llevar gargajillos y chándal en las recepciones oficiales porque algo como las formas (que no cuestan dinero) se habrán perdido en esta piel de toro peninsular. De momento, nos queda poco para perderlas totalmente. Esperemos remontar.
Que aprendan muchos de las letras de Augusto Ferrán:
“¡Ay pobre de mi, que a fuerza
de pensar en mis vecinos,
me he salido de mi casa
olvidándome de mi mismo!”